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CIUDAD DE MÉXICO.- Si de por sí el que un actor se dirija a sí mismo para la pantalla ya representa un reto del que pocos salen bien librados —pregúntenle a Kuno Becker, por ejemplo—, éste aumenta de manera considerable si, además, se trata de una ópera prima. Afortunadamente en Polvo, José María Yazpik —aquí también coautor del guion— lo hace con la conciencia de que su mejor herramienta es evitar las falsas pretensiones para entregar una propuesta que transpira honestidad y se aleja de los efectismos, lo cual se agradece.

A esto, además, debemos agregar que toma como escenario una de esas comunidades mexicanas ignoradas por los medios y las grandes urbes —y que, por cierto, él solía visitar siendo niño—, pero que no logran escapar de la amenaza que representa el narcotráfico; lo cual le otorga a la historia un discurso crítico social que, ciertamente, no resulta demasiado profundo, pero sí es inteligente y de vital importancia.

El protagonista es El Chato, un malogrado aspirante a actor, quien en su afán de llegar a Hollywood, termina varado en la frontera e involucrado con peligrosos crimínales de Tijuana, los cuales le ponen como condición para salvar su vida, el recuperar una enorme cantidad de pequeños paquetes de droga que, debido a un accidente, terminaron regados en los techos de las casas y en las calles de su pueblo natal. Para ello, no sólo tendrá que ingeniarse la forma de convencer a todos para que le ayuden, sino que deberá enfrentar la ambición de algunos de sus paisanos, además de un pasado marcado por asuntos sin terminar y alguna que otra rencilla.

(Dirigir) fue un proceso bastante fácil por todo el trabajo previo que se hizo. Fue un aprendizaje, fue más difícil, pero llegamos bien preparados, incluso terminamos de filmar tres días antes de lo previsto”
José María Yazpik, director y actor

La premisa es sencilla, pero más que suficiente para dar pie a situaciones que redundan en una comedia calculada y muy disfrutable, donde todo sucede sin demasiados rodeos, pero, sobre todo, permite que el drama personal de fondo subsista entre los pequeños chistes que van dimensionando las consecuencias de su irrupción en la vida del lugar, aderezando el final con un acertado toque de sabor agridulce.

Queda claro que Yazpik se otorga un papel a modo, pero esto, en parte, es lo que le permite concentrarse en delinear —sin caer en la condescendencia o la manipulación— personajes secundarios cuya inocencia generalizada resulta por demás encantadora, así como relaciones que en el momento indicado detonan los efectivos giros de la trama.

Podemos decir que estamos ante el afortunado debut, detrás de las cámaras, de un actor no sólo con la lucidez necesaria para no ceder a la tentación del lucimiento propio que le podría representar el también llevar el protagónico, sino para mantener la claridad de los objetivos y aprovechar a pulso a sus compañeros de reparto, entre los que se encuentran veteranos de talento probado como Joaquín Cosío, Jesús Ochoa y Angélica Aragón.

Presentada en el pasado Festival Internacional de Cine de Morelia, Polvo quizás no es de las películas mexicanas recientes más arriesgadas, pero sí una de las más consistentes y divertidas, amén de ser una comedia con identidad, de ésas que hay muy pocas en la industria nacional. Buena opción dentro de la cartelera.

CON INFORMACIÓN DE LA RAZÓN