Familiares de Roberto Bernal se paran en la entrada de su casa en un barrio marginal de Caracas, Venezuela.
Familiares de Roberto Bernal se paran en la entrada de su casa en un barrio marginal de Caracas, Venezuela.
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CARACAS, VENEZUELA.- No sabían qué había hecho, pero vieron que el hombre se echó a correr y eso fue suficiente.

Decenas de personas reunidas frente a un supermercado patearon y golpearon a Roberto Bernal hasta dejarlo ensangrentado y aturdido. Después de todo, a ellos les habían robado teléfonos celulares, billeteras y motocicletas en los últimos años y pensaron que Bernal tenía cara de delincuente.

Un hombre encorvado, de pelo canoso, que venía detrás de ellos, dijo que Bernal lo había asaltado.

La turba vació los bolsillos de Bernal y le entregó al anciano un fajo de billetes: el equivalente a cinco dólares. Alguien roció la cabeza y el pecho de Bernal con gasolina y le prendió fuego. Después todos vieron cómo se quemaba vivo.

Era para darle una lección. Estamos cansados ya de que la gente esté robando, no se puede salir a la calle por la inseguridad. La policía nunca está. Esto es un pueblo sin ley.
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Todas las semanas la prensa informa de alguna golpiza por parte de una turba. Un fiscal inició 74 investigaciones de matanzas perpetradas por turbas en los cuatro primeros meses del año, comparado con solo dos del año pasado. Y la mayor parte del país apoya estas actitudes, según una encuesta del Observatorio Venezolano de la Violencia, una organización independiente.

Los ataques por parte de turbas revelan lo bajo que ha caído Venezuela, donde hay cortes de luz diarios y la escasez de alimentos hace que haya colas de varias cuadras en los supermercados. La abrupta caída de los precios del petróleo sacó a la luz un deficiente manejo de la economía e hizo que se desmoronase el tejido social de la nación.

El país tiene hoy una de las tasas de homicidios más altas del mundo y es difícil encontrar una persona que no haya sido asaltada. En medio de tanta violencia, la muerte de Bernal no acaparó titulares ni generó reacciones de los políticos.

La vida aquí es dramática. Siempre estás estresado, asustado, y los linchamientos ofrecen una catarsis colectiva. No puedes hacer nada sobre las colas o la inflación, pero por un momento, la turba siente que marca una diferencia.

Bernal pasó toda su vida en las coloridas viviendas de bloques de hormigón construidas en las barriadas de las colinas de los alrededores de Caracas. Aproximadamente, la mitad de los venezolanos habitan este tipo de casuchas donde no hay agua por meses y los residentes han empezado a saquear camiones que transportan alimentos.

A sus 42 años, Bernal se había quedado sin trabajo y hace poco le había dicho a sus hermanas que a él y su esposa les costaba alimentar a sus tres hijos. Quería irse a buscar fortuna a Panamá.

Hombre tranquilo, musculoso, que estuvo en el ejército, pasó los últimos días de su vida en la cocina de su hermana, preparando guisados para las Pascuas y parchitas acarameladas. Disfrutaba en silencio cuando ganaba al dominó.

Sus seis hermanos lo consideraban un modelo a seguir, alguien que había triunfado en la vida porque había tomado clases de culinaria y se volvió un chef profesional. Encendía el televisor apenas regresaba a su casa y se iba de la sala apenas estallaba una discusión fuerte. Mucha gente que se cría en los barrios marginales adopta la cultura dominante, que incluye hacerse tatuajes temporales o gorras de béisbol. Pero no Roberto.

"Era demasiado tranquilo, sencillo. No tenía ni apodo", dijo Teresa Bernal, una tía.

Iba a la iglesia y enviaba mensajes de texto religiosos. La noche previa a su muerte les había enviado a sus familiares una serie de oraciones pidiendo la bendición de Dios.

Esa mañana dejó la casucha sin ventanas de su familia, antes de que saliese el sol, en medio de una humareda generada por un incendio en las montañas. Tomó un autobús, dejó a su hija en la escuela y tomó el metro.

En esta imagen de 2013, cortesía de Yesenia Castro, se ve a Roberto Bernal cocinando en la cocina de su tía en Venezuela.
En esta imagen de 2013, cortesía de Yesenia Castro, se ve a Roberto Bernal cocinando en la cocina de su tía en Venezuela.

Cuando salió de nuevo a la calle en una concurrida arteria céntrica, se cruzó con varias guacamayas que estaban volando. Pasó junto a guardias apostados frente a negocios con poca mercancía y departamentos protegidos por alambrados eléctricos, comunes en las zonas de clase media de la capital.

Bernal le dijo a su esposa que iba a un restaurante donde había conseguido trabajo. Pero se detuvo cerca de un banco, debajo de un cartel que anunciaba un servicio de envío de bienes escasos desde Miami.

Un hombre setentón pasó a su lado. Llevaba un fajo de billetes por valor de cinco dólares en una gorra de béisbol, que luego guardó en su saco.

Era bastante dinero para alguien en la situación de Bernal. Hubiera podido comprar alimentos por una semana para su familia. O un mantel de plástico para la mesa de la casa. O un uniforme escolar para su hija, a quien las otras niñas la molestaban en la escuela.

Bernal tomó el dinero y salió corriendo hacia una parada de taxis donde había decenas de motocicletas estacionadas, según le dijo luego el anciano a los investigadores. El hombre salió tras suyo gritándole "¡ladrón!".

a la izquierda a Roberto Bernal junto a su hijo mayor en un restaurante de Venezuela, el 4 de abril de 2016.
a la izquierda a Roberto Bernal junto a su hijo mayor en un restaurante de Venezuela, el 4 de abril de 2016.

Varios motociclistas sentados en un muro bajo, frente a un supermercado y que jugaban con sus teléfonos y tomaban café en vasos de plástico, vieron que los hombres se les acercaban.

Cuando comenzó la golpiza, un vendedor de golosinas y otro de choripán dejaron sus puestos, temerosos de lo que se venía. Otros se quedaron a ver y alentar a la turba.

A alguien se le ocurrió sacar gasolina del tanque de una moto y colocarla en una botella. A medida que el aire comenzaba a oler a carne humana, el griterío cesó. Algunos curiosos filmaron con teléfonos a Bernal, que trataba de levantarse mientras surgían llamas de su cabeza.

Probablemente hubiera muerto allí mismo, entre dos docenas de personas, rogando que le tirasen agua, de no haber sido por Alejandro Delgado. El joven pastor, que conduce moto taxis, llegó al lugar y, horrorizado, se sacó su chaqueta negra y comenzó a combatir las llamas.

"Son mis compañeros de trabajo. No pensaba que eran capaz de hacer algo así; algo que yo considero diabólico", comentaría luego Delgado. "Se cegaron por la ira. Podía escuchar la piel ardiendo como fritura. Yo automáticamente le apagué y hasta me lanzaron botellas".

En esta imagen del 7 de abril de 2016 se ve al chofer de moto-taxi, Eduardo Mijares, quien dijo que atestiguó el linchamiento de Roberto Bernal, tras ser acusado de robar el equivalente a cinco dólares.
En esta imagen del 7 de abril de 2016 se ve al chofer de moto-taxi, Eduardo Mijares, quien dijo que atestiguó el linchamiento de Roberto Bernal, tras ser acusado de robar el equivalente a cinco dólares.

Bernal fue montado en una ambulancia que buscó un hospital con suficiente material médico para hacer frente a las quemaduras. Los videos del incidente circularon por las redes sociales y generaron lacónicas condenas. Hasta el enfermero que atendió a Bernal pensó que se había hecho justicia.

"Si lo agarraron y lo lincharon, es porque era un malandro", sostuvo el enfermero Juan Pérez, quien dijo haber sido asaltado tantas veces que ya perdió la cuenta.

Cuando sonó el teléfono, la esposa de Bernal pensó que su marido se había quemado en el trabajo. Al llegar al hospital, se acercó a su cuerpo chamuscado y le preguntó "¿eres Roberto?".

Bernal no podía abrir los ojos y apenas si podía susurrar palabras. Le dijo que el anciano lo había confundido con el verdadero ladrón y que la turba no le había dado tiempo de decir nada.

Falleció a los dos días.

Su asesinato no es el primero que sufre su familia. Un sobrino resultó muerto el año pasado en un episodio de violencia doméstica.