Las autodefensas siempre han existido. En medio de la insurrección zapatista algunos terratenientes contrataron a jóvenes, entre ellos policías y soldados, para defender sus tierras y haciendas ante el temor del EZLN. El secuestro del general Absalón Castellanos prendió todas sus alarmas.

El sistema de seguridad del Estado era incapaz de defenderlos, pero recordemos que si algo no hacían los empresarios era preguntarse sobre la explotación y violencia con la que actuaban; fue la creación de autodefensas ante el zapatismo.

No es lo mismo lo que pasó en aquellos años, que lo que sucede desde principios de este siglo en muchas comunidades del país.

Hipólito Mora, el real fundador de las autodefensas en Michoacán, encontró que la única manera de enfrentar a la delincuencia organizada, la cual actuaba en complicidad con soldados y policías, era crear un cuerpo armado diseñado e integrado por las comunidades.

Hipólito se fue dando cuenta que el problema en La Huacana no era el único en Michoacán. No fue casual que al surgimiento de las autodefensas se sumaran a ellas otras comunidades de la zona con objetivos similares, entre ellas estaba la del doctor Mireles. La única manera de defenderse y enfrentar a la delincuencia organizada era cerrando los espacios aunque les costara la vida.

Se creó un cuerpo de defensa, pero la pesadilla no desapareció. Inevitablemente la violencia generó más violencia y los enfrentamientos y temores en la zona se incrementaron; sin embargo, los ciudadanos se sintieron resguardados por ellos mismos, lo que generó confianza y en muchos casos se lograron abatir, o por lo menos ahuyentar, a los delincuentes.

¿Dónde estaba el Estado, dónde estaba la Policía y dónde estaban los soldados? Estaban en medio de complicidades y por momentos enfrentando a las autodefensas.

Para los habitantes de la zona, hablar de los cuerpos de seguridad y de la delincuencia organizada era hablar de lo mismo. Dejaron de confiar ante tantas evidencias y a través de las autodefensas construyeron el mecanismo para enfrentar a un enemigo con muchas cabezas y muchas formas de manifestarse.

En la pasada administración se intentó regularizar a las autodefensas, fue un proyecto fallido. Se les dio un tiempo para regularizarse siempre y cuando se hiciera un inventario del armamento que tenían. Lo que pasó fue que más de algún integrante de la delincuencia organizada se hizo pasar como autodefensa; paradójicamente se legalizaron las armas de los delincuentes.

Hipólito Mora lo alertó en infinidad de ocasiones. Nos decía que “se nos colaron por la puerta de atrás”. Lo que terminó pasando fue que lo único que hicieron fue administrar el conflicto, lo que generó menos caso mediático, pero se agudizaron los problemas.

En medio de la confusión del qué habrá querido decir el Gobierno sobre un supuesto diálogo con grupos armados, partamos de que se referían a las autodefensas.

Como sea, siguen sin atinar dónde está la médula del problema. La delincuencia organizada se mueve como si fuera parte de las autodefensas, lo que hace difícil distinguir los terrenos entre unos y otros.

¿Con quién van a dialogar si no tienen claro quiénes integran las autodefensas, o por lo menos quiénes son sus caras más visibles y representativas?

Es un hecho que los aguacateros de Michoacán no la están pasando bien y esto se debe a que la delincuencia organizada, a veces vestida de autodefensa, intimida, roba, secuestra y mata.

Más allá de que el Gobierno debe precisar qué quiere decir con “buscar el diálogo con grupos armados”, lo que urge es que tenga claridad de qué significa dialogar con las autodefensas que lo que han hecho es defenderse de unos y otros.

RESQUICIOS.

López Obrador sabía que llegaría el día en que las responsabilidades recayeran directamente en su gobierno. Ayer lo precisó:

“No quiero ya seguir responsabilizando a la administración pasada y a los de antes de esa administración. Ya es nuestra responsabilidad”.