Prevalecen claros rasgos de intransigencia que no se ve como vayan a desaparecer o al menos atemperarse, no hay indicadores que permitan pronosticar que algo vaya a cambiar.

Una de las interpretaciones que está prevaleciendo sobre el sentido del triunfo de López Obrador es el síndrome del voy derecho y no me quito.

La legítima victoria le ha otorgado una concentración del poder hasta cierto punto inédita. Como se ha dicho en innumerables ocasiones, desde las mañaneras dicta la agenda. No tiene necesidad de entrevistas exclusivas, como a otros presidentes, porque él es el discurso y porque sobre él gira buena parte de la vida cotidiana del país.

La intransigencia que en ocasiones muestra el Presidente, al igual que Morena en el Congreso, a menudo va aparejada con lo que hacen sus críticos en medio de filias y fobias. Estos escenarios se han agudizado en la presente administración, pero es evidente que llevamos un buen tiempo en ello.

Con matices, el proceso que estamos viviendo no es único. Los fenómenos de concentración del poder e intransigencia están permeando en muchos países, lo que incluye a grandes potencias.

En muchas naciones las confrontaciones son cotidianas y la posibilidad de entendimiento tienden a ser pocas, pareciera que no hay país en el mundo que esté ajeno a ello. Sin embargo, en muchas democracias existen mecanismos que obligan, independientemente de quien gobierne, a entenderse.

Las formas de organización que hemos construido requieren de una revisión profunda, en algún sentido ya lo estamos haciendo sin darnos cuenta de ello.

Se está cuestionando la democracia representativa, pero habrá que considerar que no tenemos como sustituirla. La rebatinga tiene más que ver con posiciones políticas y hasta con el agandalle. Quizá se quería la democracia para acceder al poder, pero no para vivir en ella.

Uno de los grandes problemas es que se cuestiona y quieren cambiar elementos de nuestra gobernabilidad bajo supuestos falsos, como si quienes los que hoy gobiernan se fueran a eternizar. En varias ocasiones hemos insistido en que quienes están en el poder eventualmente lo van a perder y con razón exigirán reglas claras para intentar recuperarlo.

Nos falta el verdadero debate, porque en lo general no estamos muy dispuestos a escucharnos entre nosotros. Por momentos hemos pasado de la convivencia a los intentos de aniquilación. Los riesgos son cada vez más altos porque el discurso está llevando a confrontaciones que no sólo llevan a una riesgosa crispación, sino también a la falta de razonamiento e interlocución.

También hemos perdido de vista las consecuencias que puede provocar la intransigencia entre las nuevas generaciones. El acceso a la información es evidente que tiene hoy otras características. No hay manera de compararlo con el pasado, porque es una circunstancia y un momento de vida diferente.

No es fácil salir del entuerto, porque no hay signos de que haya voluntad para ello. La imposición está ganándole la batalla a la interlocución, y en medio de todos estos escenarios los ciudadanos nos hemos ido empoderando y hemos tomado las calles como forma para manifestarnos, se resuelvan o no las demandas.

La intransigencia no es un asunto únicamente del Gobierno, pero es el responsable mayor y es quien debe crear condiciones para la interlocución y para el debate.

Si el Gobierno sigue calificando y señalando, colocándose como poseedor de la verdad, la respuesta y actitud de quienes ven las cosas distintas estarán marcadas por la confrontación.

Nadie pide que “seamos amigos”, la clave es que haya condiciones para una nueva convivencia, está en todos, pero el Gobierno lleva mano.

RESQUICIOS.

Hablando de intransigencias, ayer cuando la caminata llegó al Zócalo fue “recibida” por un grupo de personas que se dijeron simpatizantes de López Obrador. Una causa como la que enarbola esta manifestación merecería por principio respeto y solidaridad.