En el ejercicio de todos los oficios o profesiones, hace falta un Maestro. Bueno, en el Derecho no es la excepción.

Y, ojo, no hablo de aquél del aula que es también siempre recordado y del que uno está eternamente agradecido, no; hablo del Maestro que te enseña a aplicar en la vida esos conocimientos. En mi caso, como Abogado, dicho Maestro es mi padre.

Pero, no lo escribo ni se lo digo en el contexto de la relación Padre - Hijo, se lo reconozco de Abogado a Abogado.

En 2009, recuerdo me empezaba a interesar por el Derecho, pero aunque ya estudiaba la profesión aún no la amaba, ni entendía a ciencia cierta porqué era esta mi vocación.

Él, mi padre, me enseñó a encontrar en las leyes y en su interpretación el arte de resolver conflictos.

2009-2010, y unos meses de 2011, era meritorio en el Tribunal, lo recuerdo muy bien, me enseñó el Maestro las bases para poder llevar en la práctica lo que paralelamente aprendía en la Universidad.

De sus consejos aprendí a “arrastrar el lápiz”, e incluso a escribir, que es hoy una de mis máximas pasiones. “¡Párrafos cortos!”, me sugería.

La nostalgia nace porque el Maestro Torre Gómez este viernes 29 de mayo concluyó uno de los más satisfactorios periodos de su vida profesional, la Magistratura de la que fue titular en el Supremo Tribunal de Justicia del Estado desde junio de 2008.

Su período estuvo caracterizado por la mesura, los valores y el equilibrio para dictar sentencias, y también por qué no decirlo, por regresar todas las tardes a la oficina a estudiar expedientes -hasta los sábados-, cuestión poco común en los pasillos del segundo piso de dicho edificio.

Así fue su compromiso con la dura labor de la impartición de justicia.

Estoy seguro que se va a extrañar la presencia del Maestro en el quehacer jurisdiccional, y el olor a cigarro...

Aunque también estoy seguro, que me dirá al leer este texto que carezco de legitimidad para hacerlo, que no está seguro si es fundado pero que sin duda resulta inoperante, que está viciado mi juicio, y que soy, además de parcial, claramente subjetivo, porque soy su hijo. Al fin Juez.

Sin embargo, le preciso que no lo escribo con el corazón, Maestro, se lo digo con respeto, de Abogado a Abogado.

GRACIAS, y mucho éxito al subirse al proyecto que arranca...