No pareciera que a lo largo de los próximos años López Obrador vaya a dejar de ser al mismo tiempo lo que hoy lo define: es dirigente, es candidato y, sobretodo, es Presidente.

No hay antecedente alguno en que un mandatario haga política como la hace el tabasqueño. No hay día en que no sea el eje de todo tipo de conversaciones, está en todos lados y vive en el imaginario colectivo, a menudo en terrenos cercanos a lo obsesivo en medio de interminables filias y fobias.

Las conferencias matutinas se han convertido en la forma en que López Obrador tira línea, gobierna, responde y señala. Es el espacio en donde sabemos cómo ve realmente las cosas. Puede no decir nada y hacer como que dice; puede lanzar frases noqueadoras; puede utilizar una pregunta para hablar largamente sin decir mucho e incluso cambiar de tema, y puede quedarse callado: “soy dueño de mi silencio”.

Lo que es un hecho, es que si usted quiere estar bien informado, quiere saber a quién traen en la mira y quiere tener una idea de conocer tras de quién se pueden ir, todo esto y más está en las mañaneras.

Nos detenemos de nuevo en las conferencias porque la dinámica de las mismas lleva a que en ocasiones el Presidente responda de botepronto sin que medie una reflexión o una pausa que le permita analizar las cosas de mejor manera.

Sus frecuentes expresiones como que es “dueño de su silencio” y que “no se va a quedar callado como quisieran nuestros adversarios”, está desgastándose y va perdiendo fuerza argumentativa. La razón es que nadie se lo está pidiendo, hasta donde alcanzamos a apreciar.

La expresión “dueño de su silencio” es la que provoca la mayor controversia. Hay algunos temas que le plantean al Presidente que hace a un lado, siendo que son de interés colectivo. Al fin y al cabo gobierna a más de 123 millones de personas. No puede perder de vista que si bien no a todos puede interesarles algunos temas, hay sectores y periodistas que por algo preguntan lo que preguntan; se dice que ya pasó la época del periodismo de a “pechito”.

Una de las respuestas presidenciales de estos días que ha provocado controversia, por cierto nada menor en todos los sentidos, es la referente a las observaciones que la Barra Mexicana de Abogados (BMA) hizo al Presidente por las críticas a quienes han presentado amparos en contra de la construcción del aeropuerto de Santa Lucía.

López Obrador lanzó dos declaraciones que pueden ser interpretadas de muchas maneras. Por un lado, dijo que va a “exhibir” a quienes han presentado los amparos, y de nuevo lanzó acusaciones de corrupción generalizada sobre todo lo que tiene que ver con la construcción del NAIM. Hasta ahora, que se conozca, no hay una sola acusación o detención sobre este asunto.

Por otro lado, dijo que sobre el comunicado de la BMA que “salió una asociación de abogados diciendo que no se podía hablar del asunto. Hago uso de mi derecho de manifestación, no voy a callarme, ni modo que me vayan a callar….”. No alcanzamos a apreciar que en el comunicado se diga esto o se insinúe.

Lo que se pide es que se respete el Estado de derecho y que se deje a las autoridades judiciales que hagan su trabajo. Lo que es un sinsentido es que alguien, sea quien fuere, le pida al Presidente que se quede callado, lo que no debiera ser ocasión para responder a todas las preguntas de botepronto.

Lo que está pasando es que en medio de los remolinos en que estamos, se han ido dinamitando instituciones y el uso del lenguaje está siendo por lo general de confrontación, lo que está polarizando nuestras vidas.

Nadie tiene por qué quedarse callado, lo que importa es respetar nuestro atribulado Estado de derecho.

RESQUICIOS.

Ahora sí van por él. Emilio Lozoya podrá huir, pero será detenido tarde que temprano. Ha amenazado a quienes eran del equipo al que pertenecía de manera cómplice y se ha ofrecido a ayudar a las autoridades; él es el inicio de la cloaca.