Entre las detenciones de alto perfil de lo que va del sexenio del Presidente López Obrador y las ocurrencias diarias del Presidente Trump, el enfoque de lo prioritario se diluye día con día.

Salvo menciones esporádicas, la agenda pública binacional navega sin brújula. Ya ni siquiera la amenaza permanente por la crisis migratoria se mantiene.

Y en ese confuso entorno, en el que la sombra de la recesión económica en ambos países parece vislumbrarse, la presión mediática para que se ratifique el TMEC en las próximas semanas en el Congreso estadunidense es inexistente.

México ya cumplió su parte y Canadá no es el problema. La incógnita yace en el Capitolio, y es precisamente en la agenda pública trilateral en dónde urgen voces sensatas que nos conduzcan a la consolidación de un acuerdo que en un principio no era necesario, pero que ante las condiciones actuales, se ha vuelto imprescindible.

La ratificación del TMEC es urgente para los tres países. Ya no se trata del acuerdo que para complacer a Trump se comenzó a negociar. Ya no es el acuerdo que puede esperar en la banca porque el TLCAN sigue vigente.

Ante las posibles tormentas políticas y económicas que puedan venir, el TMEC pasó de relevante a urgente; aunque parezca que el pulso político no lo percibe de esa manera.

No es tiempo de declaraciones con apuestas o presagios, ni de discursos de impacto medio para mantener entretenido a un vicepresidente.

El TMEC vive semanas definitorias no sólo para la viabilidad de su necesaria ratificación, sino para la futura composición y certidumbre de América del Norte como región preponderante en un mundo global que es cada día menos globalizado.