La migración centroamericana podrá disminuir o incrementarse, pero ni por asomo va a desaparecer. La tendencia no puede cambiar debido a que las condiciones económicas, políticas y sociales al sur de México difícilmente serán diferentes en el corto y mediano plazos.

La vida en Honduras, Guatemala y El Salvador, sin pasar por alto Nicaragua, está cerca de lo imposible. La cotidianeidad los tiene entre la espada y la pared, están desde hace mucho tiempo bajo una crisis que se va haciendo eterna.

La migración no es ni un capricho ni una aventura. Termina siendo, en la gran mayoría de los casos, una necesidad y una forma de huir de lo que se vive; es una especie de sobrevivencia y una esperanza.

No es común que la gente quiera dejar a sus familiares, su entorno y sobre todo sus orígenes. Muchos padres de familia, contra su voluntad, exigen y obligan a sus hijos a que migren, antes de que las bandas y pandillas los coopten bajo amenazas en las que incluyen a sus propias familias. La situación deja a muchos jóvenes entre migrar o delinquir, particularmente en El Salvador y en Honduras.

La descomposición familiar es una de las manifestaciones más dramáticas, dolorosas y tristes de la migración obligada. Junto con ello, coloca a los países con pérdida de su juventud, a la cual se le ha invertido en salud y educación con el propósito de que sean esos jóvenes, en su edad adulta, quienes construyan su nación; se les va al norte el futuro.

Esto no va a cambiar mientras no cambien las condiciones de vida en la zona. Hay muchos círculos perversos. Hay quienes se están viendo altamente beneficiados bajo el actual estado de las cosas.

La delincuencia organizada y los “polleros”, que se han convertido en parte de ella, son quienes más se aprovechan de las urgencias de los migrantes. En los últimos meses, en medio de la proliferación de caravanas, se han integrado a ellas como si fueran migrantes, se han aprovechado de la situación manipulando las marchas y también abusando de las mujeres y en otros casos secuestrándolas, hay una buena cantidad de testimonios y denuncias sobre ello.

No hay salidas y la migración de alguna u otra manera va a continuar. México ha jugado un papel desigual. Hoy ya somos un país, que si bien en menor medida ha dejado de expulsar a su gente, es un paso y empieza a ser también destino.

Las responsabilidades están empezando a ser otras. Lo más importante de lo que ha pasado estos últimos meses es que la migración ha empezado a ordenarse en el país. Cuenta que al mismo tiempo las autoridades han organizado nuevas políticas en la materia, y que la migración mexicana ha disminuido de manera notable.

Sin duda todavía hay muchos problemas internos, sobre todo, el tratar de apurar al máximo el proceso, por decirlo de alguna manera, de reeducación y formación de las autoridades migratorias.

El otro eje a atender es la impunidad con la que actúa la delincuencia organizada. Este tema es prioritario porque tiene a los migrantes entre la vida y la muerte en nuestro propio país.

Las cosas se van a agudizar aún más debido a que estamos recibiendo una migración africana que puede crecer. Todo indica que en el caso de los haitianos se ha llegado a una especie de punto muerto.

A nuestros problemas tenemos que sumar lo que bien podríamos considerar nuestro reto mayor, hablamos de Donald Trump. El presidente, de EU con reelección o sin ella, lo que quiere es colocar en el centro a México, los migrantes y el obsesivo muro.

La migración no va a parar. La clave es cómo enfrentar a Trump y, sobre todo, atenderla bajo el reconocimiento de los derechos, obligaciones y convicciones de un derecho universal.

RESQUICIOS.

Estamos tan acostumbrados a las malas noticias que las buenas no las vemos. Ahí le va una que está por confirmarse en diputados: la prohibición del matrimonio a menores de edad. Va a estar difícil su instrumentación en todo el país, pero lo bueno es que virtualmente es un gran hecho.