Después de seis años tan desaseados y cargados de evidencias de corrupción, lo menos que se esperaría es que los presuntos responsables de todo el “batidillo” tuvieran al menos prudencia y que no estuvieran expuestos como si la vida siguiera como si nada, como lo está haciendo el expresidente Peña Nieto.

El juicio que la sociedad mexicana ha hecho sobre su administración es lapidario. Fue un sexenio en el que prevaleció además de la corrupción una lamentable soberbia; del Pacto por México pasamos al desastre de México.

Hoy no hay manera de tener un balance o evaluación sobre los últimos seis años. Todo está enmarañado y en función de lo que se ha ido conociendo e investigando las cosas en lo general son negativas. Lo otro que está siendo clave en esta percepción lo hace López Obrador: se ha encargado de poner en evidencia el “pasado neoliberal”.

La Estafa Maestra es la manifestación de la impunidad y lo que se hizo al amparo del ejercicio del poder. Hicieron lo que les vino en gana, sin importarles las repercusiones de ello; hoy están inevitablemente empezando a vivir las consecuencias de lo que hicieron.

Quizá se ampararon en la absurda e irresponsable idea de que la vida del país empieza y termina con ellos. Actuaron durante seis años como les vino en gana, vendiendo la idea de la construcción de un país en transformación, lo cual al paso de esos mismos años se fue diluyendo y sobre todo cuestionando. Nunca hicieron el más mínimo acuse de recibo de todo lo que se veía y veíamos.

La popularidad de Peña Nieto se vino abajo muy pronto. Del “Tiempo de México” se pasó en menos de tres años a un escenario en donde todo iba siendo paulatinamente cuestionado. Sigue siendo un enigma el porqué el mismo gobierno no se dio cuenta de lo que estaba pasando.

Se asegura que a Peña Nieto un pequeño grupo cercano lo tenía materialmente cooptado. Si esto fuera cierto, la responsabilidad del desastre es compartida, pero si alguien va a mano a final de cuentas es el mismísimo expresidente. Nadie puede decirse sorprendido en función de lo que estaba pasando entre otras cosas porque más público no podía ser.

La sociedad mexicana fue testigo del deterioro porque además fue la directamente afectada. El voto por López Obrador se debió a la suma de virtudes del tabasqueño, pero particularmente por el hartazgo de los ciudadanos, el cual si a alguien tenía y tiene en la mira de la crítica y el desprecio era y es a Peña Nieto.

Una cosa es que al expresidente lo llevaran a actos públicos entregados, con todo lo que esto quiere decir, y la otra es la terca realidad que abrumaba al país. Peña Nieto se convirtió en el eje de todos los señalamientos y si su equipo fue incapaz de verlo o reportarlo no sólo es una falta de ética, es una brutal irresponsabilidad en función del cargo que ostentaba.

Ante todo lo que pasó, lo menos que podía hacer Peña Nieto acabando el sexenio era moverse con prudencia y cuidado. Los casos de Lozoya y Rosario Robles son voces de alerta que a cualquiera lo obligarían a actuar con recato. Si Peña Nieto no se alcanza a percatar que estos dos casos lo persiguen y lo van a perseguir queda la impresión de que está en otro mundo, o se siente o se sabe intocable, lo cual a estas alturas empieza a ser cuestionable.

El expresidente sigue sin darse cuenta de que es el centro de la crítica ciudadana, la cual presume y quiere, según algunas encuestas, verlo en la cárcel.

En medio de estos escenarios no se alcanza a entender las razones por las cuales el expresidente se expone de manera tan absurda.

Un expresidente nunca deja de ser un personaje público. ¿Qué necesidad tiene de exhibirse como lo está haciendo? Cada vez que lo hace, por cierto a menudo, el escarnio y el enojo crecen aún más.

RESQUICIOS.

Profundamente dolorosa e inesperada la muerte de Celso Piña. Conversamos en innumerables ocasiones y, como a millones, nos alegraba la vida… ¡Ouchchch! y recuerdos Celso querido.