Tags:

CIUDAD DE MÉXICO.- No hay paseo por el Centro Histórico de Ciudad de México que escape a las notas de sus cajitas musicales. De día y de noche, los organilleros están de pie en las esquinas o a media calle y su trabajo forma parte del paisaje sonoro de esta capital.

Como otros trabajadores de México y América Latina, sus ingresos se han visto seriamente afectados por la pandemia del nuevo coronavirus. Aunque en el país nunca se impuso una cuarentena obligatoria, el distanciamiento social fue notorio desde mediados de marzo y con la ausencia de peatones también desaparecieron las propinas. Este jueves, sin embargo, algunos de ellos se mostraban sonrientes mientras recibían las despensas que una fundación ofreció para ayudarles.

Los organilleros son músicos que suelen trabajar en pareja —uno está de pie, dando vueltas a una palanca que activa el mecanismo de cilindros al interior del aparato, y el otro de pie, recogiendo monedas con sombrero en mano—, pero ahora se les veía en grupo mientras conversaban y esperaban en fila. Aunque todos portaban mascarillas para protegerse del virus, la mayoría dejó en casa el sombrero y el uniforme color tierra que les caracteriza.

“Fundación Cadena nos está apoyando con una despensa a cada uno de los compañeros para pasar esta pandemia. La hemos pasado mucho muy difícil”, dijo a The Associated Press Román Dichi Lara, secretario general de la Unión de Organilleros de Ciudad de México, quien agregó que este país practica el oficio desde 1892.

En su sitio web, la fundación se describe como una asociación civil sin fines de lucro que entrega ayuda a quien lo necesite en diferentes partes del mundo en situaciones de crisis y desastres.

Cerca de Dichi, varios organilleros recibían sus cajas y vaciaban el contenido a sus mochilas. Bolsas de arroz y frijol eran parte del contenido.

“Ha sido muy difícil para los compañeros por lo de la pandemia, porque no se puede trabajar”, dijo María Angélica Arellano, una organillera que lleva 16 años trabajando en la calle.

Como ella, sus compañeros rentan su organillo, que en su caso tiene sólo ocho canciones. Algunos tienen ruedas, pero el suyo no, por lo que carga sus cuarenta kilos y trabaja nueve de la mañana a tres de la tarde en el centro capitalino.